domingo, 18 de enero de 2015

El día en que murió mi padre


El día en que murió mi padre
me sentí tan pequeña
como cuando me levantaba
entre sus brazos
hace un buen poco más de medio siglo.
El día en que murió mi padre,
pasé por todas las edades:
por la del caballito en sus rodillas,
por la de las letras del viejo silabario.
Paseé por el zoológico, el parque y el museo.
Me fui con él escuchando un concierto hasta el colegio.
Recordé las lecturas en voz alta,
del pobre Cristobita, muñeco de trapo,
del Enrique de Amicis,
los poemas de Castro,
y aquel viejo fantasma que recorrió
mi mapa de Europa aún difuso
cuando apenas tenía doce años.
Vinieron a mi mente el concierto nocturno,
esas viejas historias con amigos de siempre
en los tiempos oscuros de González Videla,
los abrazos de septiembre del setenta,
la Alameda sembrada de esperanzas,
sus lágrimas cayendo silenciosas
sobre una sopa triste
en esa primavera inoportuna
de aquel setentaitrés inolvidable.
Lo acompañé a repartir
el periódico clandestino
y me fortaleció
su confianza irreductible
en la vocación de bondad del ser humano.
Lo sentí pasando en limpio nuestra infancia
hablando con los nietos.
Admiré su sencillo desapego
cuando un fin de semana
se desprendió de todos los objetos
y se fue libremente hacia la playa.
Admiré su vocación
de eterno enamorado.
Lo vi mirando el mar maravillado
por los lobos que jugaban
con sus crías;
iluminar con su bastón de ciego
el pueblo que eligió
para envejecer con dignidad,
con fuerza y optimismo.
El día en que murió mi padre
me sentí gigantesca;
una gran heredera,
poderosa,
imbatible.

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