sábado, 31 de enero de 2015


Hoy amanecí con el corazón blandito... a primera hora vi uno de esos programas de viajes en la televisión española... mostraba la Toscana... ¡hermosa!
No pude evitar recordar una película que alguna vez me invitó a ver un gran amigo mío a quien recuerdo con enorme cariño, pese a que siempre mis ideas le parecieron muy malas...
Busqué la película y volví a verla... me dejó el corazón aún más blando.
Bajo el sol de la Toscana... dulce y esperanzadora película.

Aquí pueden verla...

viernes, 23 de enero de 2015

¡Chau, Lemebel!... ¡Buen viaje!


Atravesaste la vida galopando radiante como una yegua gigante y vistosa, haciéndonos llorar, reír, rabiar y enternecernos con tus palabras escritas y habladas y admirarte por tu fuerza y consecuencia. ¡Buen viaje hacia los campos a los que galopes!... que te sean más plácidos...

domingo, 18 de enero de 2015

Nociones de geometría

Composición VIII
Vasily Kandinsky
Óleo sobre tela
Museo Solomon R. Guggenheim, Nueva York

I. El punto

El punto es el lugar
en que nos duele
una mala palabra.
Un recinto secreto
y diminuto
al fondo de tus ojos.
El lucero del alba.
Un hombre mirado
desde lejos.
El último recuerdo
de una puesta de sol.
La luz de un cigarrillo
en una noche de playa.
El hito que separa
la vida de la muerte.
El instante en que suena
una campana.

II. La recta

La recta es el camino
que traza una mirada
profunda
frente a frente.
El impulso de un beso.
La forma en que caen
las gotas de la lluvia.
La nota de un violín.
El primer rayo de luz
en la ventana.
  
III. El plano

El plano es un lugar
ennegrecido
por las manchas
del vino derramado,
donde se pueden
dejar los cigarrillos
y apoyando los codos,
hablar con los amigos.
Un plano es el lugar
en donde amamos,
es el espacio
de nuestras pesadillas,
allí, donde antes de dormir
pensamos,
en aquello tan lindo
que nos ha preocupado.
El plano es el lugar
donde pisamos
para ir donde queremos
o para ir sin querer
donde llegamos.

El día en que murió mi padre


El día en que murió mi padre
me sentí tan pequeña
como cuando me levantaba
entre sus brazos
hace un buen poco más de medio siglo.
El día en que murió mi padre,
pasé por todas las edades:
por la del caballito en sus rodillas,
por la de las letras del viejo silabario.
Paseé por el zoológico, el parque y el museo.
Me fui con él escuchando un concierto hasta el colegio.
Recordé las lecturas en voz alta,
del pobre Cristobita, muñeco de trapo,
del Enrique de Amicis,
los poemas de Castro,
y aquel viejo fantasma que recorrió
mi mapa de Europa aún difuso
cuando apenas tenía doce años.
Vinieron a mi mente el concierto nocturno,
esas viejas historias con amigos de siempre
en los tiempos oscuros de González Videla,
los abrazos de septiembre del setenta,
la Alameda sembrada de esperanzas,
sus lágrimas cayendo silenciosas
sobre una sopa triste
en esa primavera inoportuna
de aquel setentaitrés inolvidable.
Lo acompañé a repartir
el periódico clandestino
y me fortaleció
su confianza irreductible
en la vocación de bondad del ser humano.
Lo sentí pasando en limpio nuestra infancia
hablando con los nietos.
Admiré su sencillo desapego
cuando un fin de semana
se desprendió de todos los objetos
y se fue libremente hacia la playa.
Admiré su vocación
de eterno enamorado.
Lo vi mirando el mar maravillado
por los lobos que jugaban
con sus crías;
iluminar con su bastón de ciego
el pueblo que eligió
para envejecer con dignidad,
con fuerza y optimismo.
El día en que murió mi padre
me sentí gigantesca;
una gran heredera,
poderosa,
imbatible.